por Francisco Javier Calleja Bernal
profesor de planta del departamento de contabilidad del ITESM Campus Ciudad de México
Alejandro Prieto Llorente es reconocido como uno de los más eminentes contadores del siglo XX. Empresario con talentos notables y tan enamorado de la historia que ha publicado en ese campo, no obstante lo más importante de su actividad está en la contaduría pública. En primer lugar, en el ejercicio de su profesión como integrante de un despacho enfrentando los problemas de la contabilidad y, sobre todo, de la auditoría en los tiempos en que la profesión contable se consolidó en México y, por otra parte, como profesor primero y luego como director de una institución donde se han formado innumerables profesionales de la contaduría pública.
Se le considera parte de la tercera generación de contadores públicos surgidos en este país, casi veinte años menor que Fernando Díez Barroso y que los firmantes del acta de creación del Instituto Mexicano de Contadores Públicos, aunque es socio fundador.
Pocos saben que este contador eminente, originario del estado de Veracruz no ha desdeñado el ser autodidacta y él, que ha enseñado a miles de alumnos los principios de la contabilidad, acreditó mediante examen el primer curso de contabilidad pues lo había aprendido por su propia cuenta.
El 18 de junio de 1927 presenta su examen profesional como Contador de Comercio de la Escuela Superior de Comercio y Administración, y como otros profesionales de aquella época cambia su título por el de Contador Público, fechado el 24 de junio de 1929. Inició su actividad profesional en 1930 en Price Waterhouse, primer contador publico mexicano contratado por esta firma, y es más tarde socio fundador y director de Prieto, Ruiz de Velasco y Cía. De 1938 a 1940 presidió el Instituto Mexicano de Contadores Públicos.
Es profesor desde el inicio de las actividades de la Escuela Bancaria y Comercial en marzo de 1929 y fue, de hecho, quien convenció a Agustín Loera y Chávez de dirigir esta institución. A partir de 1961, a la muerte de Loera, fue director de la misma. Está presente en nuestro recuerdo por su labor docente, él mismo ha dicho que quisiera ser recordado como un divulgador, sus libros y sus prácticas así lo repiten todos los días a miles de estudiantes; hablar de “Principios de Contabilidad” (libro vigente a más de setenta años de su primera edición), del Problema 10, del Problema 20 o de la Práctica de Auditoría es hablar de leyendas en la contabilidad mexicana y el camino por el que muchos entramos a esta profesión. Es obvio decir que muchos libros sobre estos temas están inspirados, de una u otra manera, en la obra de Prieto y que casi todas las prácticas contables que usamos algo le deben a sus ejercicios para clase.
En la década de los setenta, fui su adjunto en diversas materias y puedo decir que es la experiencia de aprendizaje más significativa que he tenido en mi vida, al mismo tiempo una de las más gratificantes y de la que más orgulloso me siento. Mencionaré, a modo de ejemplo, algunas vivencias obtenidas al trabajar a su lado: En primer lugar, el aprendizaje ya que era muy fácil darse cuenta de la profundidad de los conocimientos vertidos en la clase, pero también de la calidad del cómo se impartían esos conocimientos; era un profesor ideal para preparar futuros profesores. Debo mencionar también la impecable organización que presidía todos sus actos y la clase no era una excepción, pocas veces en mi vida he visto a alguien más metódico, más sistemático para actuar, más cuidadoso para economizar tiempo y esfuerzo con tanta sabiduría. Una lección fundamental era la humildad, ya todos los asistentes al salón de clase sabíamos que se trataba de uno de los hombres que más conocía nuestra profesión, por lo que era impresionante verlo reconocer un error (las raras veces que lo cometía) con sencillez, con gracia y, sobre todo, con la voluntad inmediatamente puesta en acción de subsanarlo y pasar adelante.
De los premios que ha recibido, sólo mencionaré algunos: profesor distinguido por el Instituto Mexicano de Contadores Públicos en 1982, medalla al mérito empresarial de la Cámara de Comercio de la Ciudad de México en 1992, la presea “Fernando Díez Barroso” de la Sociedad de ex Alumnos de la Escuela Superior de Comercio y Administración del Instituto Politécnico Nacional en 1998 como mejor profesor, la presea “Rafael Mancera Ortiz” del Colegio de Contadores Públicos al profesionista en contaduría con mayores méritos en 2001 y su calidad de socio vitalicio del Instituto Mexicano de Contadores Públicos.
Sirva este artículo para empezar a festejar con la debida anticipación los cien años de edad de este gran contador mexicano, maestro de generaciones y hombre excepcional.