Calificar y ser calificado

por Francisco Javier Calleja Bernal
profesor de planta del departamento de contabilidad del ITESM-Campus Ciudad de México
fcalleja@itesm.mx

En un artículo anterior dije que se ha dado en hablar y con alguna ligereza de las calificaciones que los alumnos obtienen, hay quien dice que éstas son más altas ahora que antes, que las instituciones se vuelven blandas y que sus maestros también o que tienen miedo de asignar notas reprobatorias por lo que opinarán después los alumnos. Trataré de comentar aquí algunos de estos aspectos.

Se dice de que las calificaciones han subido, que son más altas ahora que antes, se dice incluso que el estudiante presiona en el sentido de obtener calificaciones altas, sin que estén apoyadas en el debido esfuerzo.

Todas las generalizaciones son malas y la anterior no es una excepción. Todos los profesores hemos conocido alumnos obsesionados por las buenas notas, pero son minoría y si se quiere precisar más diría que hay dos o tres de estos casos por grupo y que, además, esto ha existido siempre. Lo que creo que sucede es que la masificación de nuestra enseñanza superior ha permitido que muchos profesores no tengan claros los procedimientos para evaluar y que escojan el camino más fácil de poner calificaciones altas para así evitar recriminaciones de los alumnos o que al observar malos resultados de un grupo el profesor ajuste al alza con la muy noble, pero equivocada, intención de no perjudicar a sus alumnos. Aunque también deberíamos de precisar que no son todos los profesores y que éste es un mal corregible con la adecuada capacitación y con una supervisión cuidadosa de coordinadores y directores a los profesores sin experiencia.

Sobre los instrumentos de presión hacia el profesor no vale la pena hablar porque siguen siendo los mismos de siempre, tal vez un poco más sofisticados, pero van muy relacionados con la naturaleza propia del ser humano que primero quiere hacer cómplice, después ruega y finalmente amenaza con quejas a las autoridades. Sería importante lograr que los profesores jóvenes tuvieran el valor de decir con toda claridad no y precisar las causas de su negativa en los términos más concretos posibles. Ahora que aquí nos enfrentamos a un problema del modo de ser del mexicano, que es poco afecto al enfrentamiento y que utiliza un lenguaje muy barroco con tal de evitar el no directo y también que vivimos un mundo en que todo debe ser suave, dulce y en que debemos evitar la confrontación. A veces hay que confrontar, decir no y el por qué de ese no.

Relacionado con lo anterior, hay muchas fantasías acerca de la práctica actual de la mayoría de las universidades de que los alumnos opinen sobre la actuación de los profesores y su posible influencia sobre las calificaciones. Es curioso que la mayoría de los críticos de esta práctica olvidan con gran facilidad tres cosas:

En primer lugar, olvidan lo que era el aula cuando el estudiante no podía expresar su opinión. En tal época el profesor podía ejercer su autoridad sin la más mínima restricción, podía reprobar de manera injusta y era muy difícil saberlo, podía tomar represalias contra los alumnos que le eran antipáticos y usar su criterio como única ley en el aula. El sólo hecho de que unos cuantos profesores hayan actuado así justificaría la existencia de las encuestas de opinión para defensa del alumno.

Por otra parte, olvidan que uno de los más entendidos para opinar sobre la actuación del profesor es su alumno, que observa a lo largo de su vida a muchos docentes y que, automáticamente casi, va formándose un criterio acerca de lo que es bueno, propio, adecuado o mejor para el aprendizaje. ¿ Por qué ignorar esta opinión valiosa de uno de los actores más directamente interesados en el proceso de enseñanza-aprendizaje ?

Finalmente, no recuerdan que cuando se carecía de opiniones formales de los alumnos acerca del profesor faltaba un instrumento poderoso de retroalimentación. El docente actual puede conocer sus áreas débiles y reforzarlas gracias a lo que le dicen los alumnos al final de un semestre. Muchas veces esos comentarios revelan detalles que uno mismo difícilmente percibiría.

Una de las primeras fantasías en relación con las encuestas es que necesariamente el alumno opina en relación directa a la calificación que obtiene. Lo anterior está muy lejos de ser algo probado y en el contexto que he podido observar (veinte años de ver este tipo de opiniones en dos instituciones a nivel superior) no es así; el estudiante opina según sus personales criterios y sólo sectores muy extremos, pequeños porcentajes de alumnos o grupos que llevan demasiado tiempo juntos tienen la inmadurez de opinar bien sólo de quien les da buenas notas.

Otra fantasía es que una mala opinión de los alumnos genera el despido automático del profesor. Es curioso que si preguntáramos la opinión de los estudiantes ésta sería totalmente inversa, ellos piensan que sus opiniones no son tomadas en cuenta y esto se debe a que la mayoría de las instituciones tienen que sopesar varias opiniones, de varios grupos y en diferentes tiempos antes de tomar la decisión de separar a un profesor. Además de que el profesor es evaluado por directores y coordinadores, no sólo por alumnos. Mi opinión personal es que las instituciones son muy prudentes, tal vez hasta demasiado en algunos casos para tomar medidas definitivas.

Como puede apreciarse este es un tema muy amplio que daría para comentar mucho. Para finalizar, recordemos que lo verdaderamente importante es desarrollar estudios serios sobre estos temas, que nos generen luz sobre un campo en el que todos opinan y no siempre con información de primera mano, la cual sea derivada de una observación fría y cuidadosa.

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