Dios es contador

por Francisco Javier Calleja Bernal
profesor de planta del departamento de contabilidad del ITESM Campus Ciudad de México
fcalleja@itesm.mx

Un estudiante de contaduría pública me obsequió alguna vez una hoja con la que bromeaba a sus compañeros de otras licenciaturas, la cual decía que los ingenieros se sienten inventores de la tecnología, los administradores pensaban que conducían al mundo, los economistas se creían Dios...pero Dios era contador.

Más allá de que pueda o no causarnos gracia la broma estudiantil, es interesante pensar en la importancia que ha cobrado en la actualidad el adecuado, riguroso, casi devoto manejo que debe hacerse de las cifras contables. Esto llega a un grado tal que quien no lo lleva a cabo paga las consecuencias, recibiendo un tipo de castigo que podríamos considerar "justicia divina".

Los grandes desastres de las grandes corporaciones, Enron es el ejemplo más dramático, casi siempre implican un equivocado manejo de la información contable o un desprecio de las señales que la contabilidad lanzaba acerca de situaciones que se antojaban difíciles o hasta insostenibles. Algunas empresas siguen manejando sus cifras de manera que los directivos entienden una cosa y el público lector de sus estados financieros entiende otra, un caso de esto es Amazon, donde cada vez más hay un aumento de las dudas acerca del futuro de la empresa, mientras que su director sigue hablando de las maravillas que le depara los siguientes años a su organización. En otras ocasiones vemos literal desprecio a las señales contables, intentando incluso modificarlas para que sean coherentes con los deseos de la directiva (como si pudiéramos decirle al termómetro que marcara una temperatura corporal más agradable a nuestros deseos y no a lo que nuestro organismo presenta), tal vez Xerox y su falta de reconocimiento de cuentas incobrables hace un par de años sería un ejemplo de ello.

Es difícil en la actualidad administrar sin estar continuamente revisando lo que nos dice la contabilidad y es muy importante interpretar adecuadamente las cifras, entender lo que nos dicen y tomar las acciones lógicas derivadas de esa lectura. También, claro, existe la posibilidad de ser un atento lector de las cifras contables, pero no actuar en consecuencia de ellas, lo cual a la larga viene a redundar en un error igual de grave.

Por otra parte, los administradores temerarios están en una época muy difícil para manejar la empresa desoyendo o despreciando las señales que envía la contabilidad. Todo tiende a llevarnos a reducir la discrecionalidad de las autoridades y a establecer sistematizaciones que nos permitan reaccionar ante los problemas y aun evitar que éstos se presenten. Los estudios serios de las cifras contables normalmente nos ayudan evitar la discrecionalidad, ya que las cifras muestran caminos a seguir y las sistematizaciones deben basarse en lo que los números nos dicen que es el mejor camino para la organización.

Finalmente, nunca debemos desatender las sospechas que la contabilidad pueda arrojar sobre el futuro de la empresa, cuando las cifras contables parecen negativas es momento de detenernos y hacer una profunda consideración de si se está en la ruta adecuada. No podría hoy repetirse la anécdota histórica (sucedida hace casi ochenta años) de aquel empresario que le pidió a tres eminentes contadores que analizarán las posibilidades que tenía de ser rentable una organización que el gobierno le vendía, los tres contadores coincidieron en que no existían buenas perspectivas financieras y desaconsejaron la inversión. El empresario se lanzó a la aventura a pesar de los consejos y tuvo éxito. Hoy un empresario no tomaría esa decisión, ya que muy probablemente los contadores acertarían en su pronóstico, ya que la contabilidad incluye cada vez más elementos de juicio y se vuelve cada vez más acertada en sus previsiones.

Si se me permite la metáfora está más allá de nosotros ese Dios contable que cobra caro el ignorarlo o el negarlo, cuando las evidencias más claras nos hablan de su presencia y de la devoción que debemos guardarle.

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